
– Muy bien. Contratar a Simon Wentworth como administrador ha sido una de las decisiones más inteligentes que hemos tomado. Es extremadamente organizado y mantiene a los trabajadores a raya.
– Excelente. -La voz de Philip se redujo a casi un susurro-. ¿Cómo va la investigación sobre Charles Brightmore?
Andrew soltó un suspiro.
– Al parecer, el bastardo no existe, salvo en el papel, como autor de la Guía, aunque eso sólo consigue intrigarme aún más. Confía en mí; tengo intención de hacerme con la impresionante suma que lord Markingworth y sus amigos me han prometido por identificar al autor.
– Sí, bueno, por eso te recomendé. Eres tenaz e implacable cuando se trata de descubrir la verdad. Y gracias a tus vínculos con el museo y tu asociación con los, ejem… exaltados como yo, tienes acceso tanto a los miembros más granados de la sociedad como a las personas de orígenes más humildes, por así decirlo. La gente se sentiría más inclinada a confiar en ti que en un detective, y tu presencia en esta clase de veladas no arquea una sola ceja, como ocurriría en el caso de un desconocido o de un detective.
– Sí, eso juega en mi favor -concedió Andrew-. La experiencia me dice que durante las conversaciones casuales se revelan pistas que a menudo pasan inadvertidas.
– Bueno, no me cabe ninguna duda de tu éxito. Sólo espero que al revelar la identidad del tal Charles Brightmore se ponga fin a esta condenada Guía femenina. Quiero que ese libro desaparezca de las estanterías antes de que Meredith se las ingenie para conseguir un ejemplar. Mi adorable esposa ya es lo bastante independiente. Mantenerla a raya ya requiere casi más energía de la que puedo dedicarle.
