– Y deberías alegrarte de ello. Si ella hubiera visto tu desastroso peinado habría salido corriendo de la sala.

– Gracias. Tus ánimos me congratulan. En serio. Aunque me resulta difícil aceptar un consejo sobre moda de alguien cuyo atuendo y peinado a menudo son comparables a un nido de ardillas.

En vez de ofenderse, Philip sonrió.

– Cierto. Sin embargo, no soy yo quien intenta cortejar a una dama esta noche. Yo ya he logrado ganarme el favor de la mujer que amo.

– Sí, y casi a pesar de ti mismo, debo añadir. De no haber sido por mi consejo sobre cómo cortejar y ganarte el favor de Meredith… -Andrew sacudió tristemente la cabeza-. Bueno, digamos que el resultado de tu cortejo hubiera sido altamente cuestionable.

Un rudo sonido escapó de labios de Philip.

– ¿Ah, sí? Si tan experto eres, ¿por qué no has logrado nada con Catherine?

– Porque todavía tengo que empezar con ella. Y gracias, en última instancia, a ti. Dime, ¿es que no tienes ninguna otra casa que visitar en Mayfair?

– No temas, me dirigía hacia la puerta. Pero si me marcho ahora, no podré hablarte de las dos interesantes conversaciones que he tenido esta noche. Una ha sido con un tal señor Sydney Carmichael. ¿Le has conocido ya?

Andrew negó con la cabeza.

– El nombre no me resulta familiar.

– Ha sido la señora Warrenfield, la rica viuda norteamericana, quien me lo ha presentado. -Philip bajó la voz-. Si alguna vez hablas con ella, prepárate para oírla describir detalladamente su plétora de dolores y males.

– Gracias por la advertencia. Ojalá me la hubieras dado hace una hora.

– Ah. Hay algo en esa dama que me ha resultado muy extraño, aunque no sabría decir exactamente qué. ¿No has notado nada?



13 из 326