Andrew lo pensó durante un instante.

– Reconozco que estaba preocupado mientras hablaba con ella, aunque ahora que lo mencionas, sí, creo que es su voz. Es extrañamente grave y chirriante para una dama. Combinada con ese sombrero negro de velo que le oscurece la mitad de la cara, resulta un poco desconcertante hablar con ella.

– Sí, debe de ser eso. Bueno, volviendo al señor Carmichael. Está interesado en hacer una cuantiosa inversión en el museo.

– ¿Cómo de cuantiosa?

– De cinco mil libras.

Las cejas de Andrew se arquearon.

– Impresionante.

– Sí. Estaba ansioso por conocer a mi socio norteamericano, pues ha vivido unos cuantos años en tu país. Estoy seguro de que te buscará antes de que termine la noche.

– Supongo que por cinco mil libras puedo mostrar un poco de entusiasmo.

– Excelente. No obstante, tu tono y el hecho de que no dejas de mirar a tu alrededor denotan una clara falta de curiosidad por mi otra conversación, que, por cierto, ha tenido a Catherine como interlocutora. -Philip soltó un profundo suspiro y se sacudió un poco de pelusa de la manga de su chaqueta azul marino-. Lástima, pues la conversación te concernía.

– Y, naturalmente, me la contarás en recompensa por haberte salvado la vida.

El rostro de Philip se arrugó hasta esbozar un ceño confuso.

– Si te refieres al incidente de Egipto, creía que era yo quien te había salvado la vida. ¿Cuándo me salvaste tú la mía?

– En este momento. Al no echarte de cabeza por los ventanales contra los arbustos espinosos. ¿Qué ha dicho lady Catherine?

Philip echó una circunspecta mirada a su alrededor. En cuanto estuvo seguro de que no corrían peligro de ser oídos, dijo:

– Al parecer, tienes competencia.

Andrew parpadeó.

– ¿Cómo dices?

– No eres el único hombre que intenta ganarse el favor de mi hermana. Al parecer, hay otros que muestran interés por ella.



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