
– Maldita sea -se oyó un horrorizado y aterrado susurro que, según supuso Catherine, pertenecía a lord Markingworth-. Tiene ese condenado brillo en la mirada.
– Y es demasiado tarde para poder escapar, viejo amigo.
– Maldición. Que caiga una plaga sobre la casa del bastardo de Charles Brightmore. Voy a descubrir la identidad de ese personaje y luego lo mataré… o a ella. Lentamente.
– Así que estabas aquí, Ephraim -dijo lady Markingworth, añadiendo una risilla juvenil a su saludo-. Te he estado buscando por todas partes. Va a empezar el vals. Y qué suerte que lord Whitly y lord Carweather estén en tu compañía. Sus esposas les esperan ansiosas junto a la pista de baile, mis queridos señores.
El anuncio provocó en el círculo de los tres hombres un reguero de carraspeos y de toses nerviosas a los que siguió el arrastrar de zapatos sobre el suelo de parquet cuando el grupo se movió.
Catherine se apoyó contra el panel de roble que tapizaba la pared y soltó un tembloroso jadeo, llevándose las manos al diafragma. Haberse deslizado tras el biombo en busca de un instante de tranquilidad, lejos de las hordas de invitados a la fiesta, se había saldado con un giro totalmente inesperado. Su único deseo era evitar a lord Avenbury y a lord Ferrymouth, que se acercaban ya y que le seguían los pasos desde el momento en que ella había llegado a la fiesta de cumpleaños de su padre, intentando llevarla por separado a un têtea tête. Tanto lord Avenbury como lord Ferrymouth habían sido seguidos de cerca por sir Percy Whitehall y algunos otros cuyos nombres se le escapaban y en cuyos ojos se apreciaban inconfundibles -e indeseados- destellos de interés. Dios santo, el período de luto oficial por su marido había concluido hacía sólo dos días. Casi podía oír la voz de su querida amiga Genevieve advirtiéndola la semana anterior: «Aparecerán hombres de todos los rincones. Tal es el destino de las solteras herederas».
