Alzó la mano y tiró levemente de su corbata cuidadosamente anudada.

– Maldita sea esta incómoda corbata -masculló. Quienquiera que hubiera puesto de moda aquella incómoda plaga merecía terminar con sus huesos en las aguas del Támesis. A pesar de que el corte negro y formal y de experta factura de su atuendo rivalizaba con el de cualquier noble de la sala, Andrew seguía sintiéndose en parte como un hierbajo entre las flores de un invernadero. Incómodo. Fuera de su elemento. Y dolorosamente consciente de la distancia que mediaba entre él y el elegante estrato social en el que a menudo se encontraba… y, sin duda, mucho más alejado de lo que cualquiera de los presentes se habría atrevido a esperar. Su vieja amistad con Philip, el hijo de lord Ravensly, y la amistad cada vez más íntima que le unía al propio lord Ravensly, así como a lady Catherine, habían asegurado a Andrew una invitación a la elegante fiesta de cumpleaños de esa noche. Lástima que Philip no estuviera presente. Meredith estaba pronta a dar a luz y Philip no quería alejarse del lado de su esposa.

Aunque quizá fuera mejor que Philip se hubiera ausentado. Cuando había dado su bendición a Andrew para que cortejara a lady Catherine, le había advertido así mismo de que su hermana no estaba dispuesta a casarse de nuevo tras su desastroso primer matrimonio. Lo último que Andrew necesitaba era tener a Philip cerca, murmurándole palabras de desánimo.

Inspiró hondo y se obligó a adoptar una actitud positiva. Su frustrante fracaso a la hora de localizar a lady Catherine entre la multitud le había dado la oportunidad de conversar con numerosos inversores que ya se habían comprometido a donar fondos para la aventura del museo compartida por Philip y él.



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