
Aparte de sí misma, la única persona insatisfecha con la boda fue Sofía. Joanne captó la escena familiar en que su madre le suplicaba que se casara con una chica de allí y no con «esta extranjera que desconoce nuestras costumbres». Franco se negó a pelearse con su madre, pero insistió en su derecho a casarse con la mujer de su elección. También exigió, con calma pero con firmeza, que trataran a su prometida con respeto. Sofía prorrumpió en un llanto furioso.
– Pobre mamá -observó Renata-. Franco siempre ha sido su preferido, y ahora está celosa porque quiere más a Rosemary.
Todos los vecinos fueron invitados a la boda. Joanne deseó no estar presente, pero Rosemary les pidió a Renata y a ella que fueran sus damas de honor. Temió que si se negaba todo el mundo descubriría la causa.
Cuando llegó el día, se puso el vestido rosa de satén, sonrió a pesar de tener el corazón roto y caminó detrás de Rosemary hasta el altar, donde se convertiría en la esposa de Franco. Joanne observó la expresión en el rostro de él al contemplar acercarse a la novia. Era una expresión de adoración ciega y total.
Un año más tarde alegó trabajo como excusa para no asistir al bautizo de su hijo, Nico. Rosemary le escribió una carta afectuosa en la que decía que lamentaba no verla y le adjuntaba algunas fotos. Las estudió con celos, y notó la misma expresión en la cara de Franco al mirar a su esposa. Se podía ver a un hombre muy feliz cuyo matrimonio le había aportado amor y realización. Las escondió.
Después recibió más fotos que mostraban a Nico creciendo con rapidez hasta convertirse en un pequeño que aprendía a caminar con la segura ayuda de su padre. El rostro de Franco se hizo menos infantil. Y siempre exhibía la misma expresión, la de un hombre que había encontrado todo lo que quería de la vida.
