
—¡Vaya, qué extraño! A los gatos les gusta estar donde hay ratones para cazar.
—Pues éste debía ser loco —dijo Vickers—. Actuaba como si estuviera hechizado. Andaba de puntillas.
—Los gatos son algo raros.
—Hoy debo ir a la ciudad. ¿Cree usted que podrá hacer el trabajo mientras yo no esté?
—Seguro. El negocio de exterminación anda flojo en estos días. Iré a eso de las diez.
—Dejaré sin llave la puerta del frente —indicó Vickers.
Después de colgar el auricular fue a buscar el periódico, que estaba en los escalones de entrada. Ya en su escritorio lo dejó a un lado para tomar la pila de originales, apreciando su peso y su grosor, como si por ellos pudiera convencerse de que tenía algo bueno entre manos, que no era trabajo perdido, que decía cuanto deseaba, y lo bastante bien como para que otros, al leer sus palabras, descubrieran la verdad desnuda tras el frío de la letra impresa.
No estaba bien eso de malgastar el día. Habría debido quedarse a trabajar en vez de salir a entrevistarse con el hombre que su agente quería presentarle. Pero Ann se había mostrado insistente; aunque él argumentó tener el coche en reparaciones, dijo que era importante no perder la oportunidad. Lo del coche no era del todo cierto, pues Eb se lo terminaría a tiempo para hacer el viaje.
Echó una mirada a su reloj. Faltaba sólo media hora para que Eb abriera su taller, y en media hora no se puede escribir nada. Recogió el periódico y salió al porche para leer las noticias de la mañana.
¡Qué dulce era la pequeña Jane! Había elogiado su comida y charlado sin cesar. “Usted no está casado, ¿verdad, señor Vickers?”, había dicho. “¿Por qué no se ha casado?”
Y él pensó entonces: “Una vez hubo una muchacha. Ahora lo recuerdo. Una vez hubo una muchacha.”
Se llamaba Kathleen Preston; vivía en una gran casa de ladrillos, en la cuesta de una colina; una casa de muchas columnas, de porche amplio y abanicos sobre las puertas; una casa vieja, construida en el primer impulso del optimismo pionero, cuando el país era nuevo. Estaba precisamente donde la tierra había fallado, desmoronándose en zanjas y pozos, para dejar en las laderas grandes cicatrices de arcilla amarillenta.
