Por entonces él era joven, tan joven que hacia daño pensar en eso. Y porque era joven no pudo entender que ella (esa muchacha perteneciente a una antigua casa ancestral, de abanicos sobre las puertas y pórtico de columnas) no pudiera tomar muy en serio a un muchacho cuyo padre tenía una granja agotada, donde el trigo crecía enfermizo y débil. O tal vez la ruptura se debió a la familia, pues también ella era demasiado joven para comprender bien aquello. Tal vez ella discutió con los suyos, entre lágrimas y palabras duras. Vickers no lo supo nunca. Después de aquella caminata por el valle encantado volvió a visitarla, pero ya la habían enviado a una escuela del este; él ya no volvió a saber de la niña.

En aras del recuerdo había vuelto a caminar por el valle, tratando de captar algo que le devolviera el encantamiento del paseo anterior. Pero los manzanos silvestres habían perdido los capullos; la alondra no cantaba igual y el encanto se había desvanecido en alguna tierra de Nunca Jamás. Ella se había llevado la magia consigo.

El periódico se le cayó. Se inclinó para recogerlo y lo abrió. Las noticias eran tan monótonas como siempre.

El último rumor de pacificación seguía en marcha, pero la guerra fría estaba en su apogeo. Claro que esa guerra fría llevaba ya muchos años y prometía prolongarse por varios más. Los últimos cuarenta años habían sido un desfile de crisis, rumores, amenazas de conflagraciones definidas que jamás se producían; en la actualidad el mundo, ya cansado de esa situación, bostezaba ante los nuevos rumores de pacificación y ante las crisis, que se vendían por docena.



5 из 206