Siempre le resultaba difícil concentrarse, sobre todo cuando Tirosh era el orador; pero consiguió captar las primeras frases:

– Damas y caballeros, el seminario con el que se cierra el curso versará, como saben, sobre el tema «La buena y la mala poesía». No me ha pasado inadvertida la expectación despertada por la teórica posibilidad de que esta tarde, en este foro, se enuncie un conjunto de principios que fijen unos criterios claros e inequívocos con los que distinguir la calidad de la falta de calidad en la poesía. He de advertirles, sin embargo, que no confío en que ése sea el resultado de nuestro debate de esta tarde. Siento curiosidad por escuchar lo que mis doctos colegas tengan que decir al respecto, pero es una curiosidad teñida de escepticismo -y la cámara también captó la mirada irónica y divertida que, desde las alturas, dirigió al rostro de Tuvia, y que luego se detuvo largamente sobre Iddo Dudai, sentado con la cabeza gacha.

Ruchama perdió el hilo. Era incapaz de conectar las palabras entre sí y no se esforzó en lograrlo. Se dejó arrastrar por la voz, por su cadenciosa melodía.

Reinaba el silencio en el salón de actos, a cuyas puertas se agolpaban los rezagados. Todas las miradas convergían en Shaul Tirosh. Aparecía aquí y allá alguna que otra sonrisa de entusiasta expectación, sobre todo en las caras de las mujeres. Junto a Ruchama había una joven tomando nota de todo. Cuando dejó de escribir, Ruchama reparó en el rítmico sonido de la voz de Tirosh, que leía uno de los textos más conocidos del poeta nacional: «No gané la luz en una apuesta».

Oyó a sus espaldas la estentórea respiración de Aharonovitz y un crujir de papeles. Aharonovitz había empuñado la pluma, listo para anotar sus críticas, cuando el público aún no había terminado de ocupar los asientos. Despedía un olor acre, rancio, que se mezclaba con el perfume excesivamente dulzón de su vecina de asiento, Tsippi Lev-Ari, Goldgraber de nacimiento, su joven y prometedora ayudante, cuyos esfuerzos por borrar todo vestigio de su pasado ortodoxo explicaban presumiblemente los llamativos colores de su vestimenta: ropas vaporosas y de tonos muy vivos, sobre las que se había oído comentar a Tirosh que sin duda eran de rigor en el culto que profesaba, el cual también la había llevado a cambiarse de apellido.



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