
A la izquierda de Tsippi, Ruchama vio a Sara Amir, profesora agregada y uno de los pilares del departamento, que ni siquiera en esa ocasión especial había logrado disimular su aspecto matronil. Su mejor vestido, seda floreada que embutía sus rotundos muslos y un cuellecito marrón que le ceñía la arrugada garganta, no disipaba esa especie de olor a sopa de pollo que la seguía allá donde fuera y que era el motivo de que los que no la conocían se sorprendieran de la inteligencia que demostraba al hablar de cualquier tema.
– He leído este poema de Bialik con objeto de plantear, entre otras cosas, la pregunta de si es posible enjuiciar los valores estéticos de una obra de esta categoría. ¿No podríamos equivocarnos al dar por sentado que el poema expone el proceso de creación de una forma original? La imagen del poeta explotando una cantera en su corazón, que todos entendemos como una metáfora, ¿es realmente… original? -Tirosh bebió un trago de agua antes de pronunciar con énfasis la palabra «original», que levantó un murmullo audible en la sala.
Desde sus butacas tapizadas, los asistentes se miraron unos a otros. Davidov, advirtió Ruchama, indicó al cámara que enfocara al público. Oyó el rasguear de una pluma detrás de ella: Aharonovitz escribía frenéticamente. Ruchama se volvió y vio el ceño fruncido y las finas cejas arqueadas de Sara Amir. La estudiante que tenía al lado tomaba notas con redoblada diligencia. Ruchama no entendía el porqué de tanta agitación, pero eso no era nada nuevo. Nunca había alcanzado a comprender las pasiones despertadas en los profesores y sus satélites por preguntas de ese estilo.
