
La profesora Shulamith Zellermaier, sentada en la primera fila del semicírculo que Ruchama tenía enfrente, había comenzado a sonreír en cuanto oyó las primeras palabras: una media sonrisa, con la barbilla apoyada en su mano regordeta y el codo plantado, como siempre, sobre las piernas cruzadas. Sus descuidados mechones grises le daban una apariencia más amenazadora y masculina de lo habitual, pese a que llevaba un traje de chaqueta muy femenino. Giró la cabeza a la derecha y los cristales de sus gafas refulgieron bajo las luces fluorescentes.
– Quería poner en tela de juicio un poema cuya categoría canónica nunca se cuestiona -fueron las siguientes palabras de Tirosh; y, una vez más, surgieron sonrisas entre el público-, porque, entre otras cosas, ha llegado el momento -se sacó la mano del bolsillo y miró de frente a Davidov- de que en los seminarios de la universidad se planteen temas controvertidos, temas que nunca nos atrevemos a mencionar por falta de valor, y por eso nos deslizamos hacia discusiones teóricas y supuestamente objetivas, que a veces son insustanciales y a menudo resultan tan aburridas como para espantar a nuestros mejores alumnos, que salen al pasillo bostezando.
La muchacha que estaba junto a Ruchama continuaba transcribiendo la conferencia palabra por palabra.
Ruchama cesó de prestar atención a lo que se decía y se concentró en aquella voz que la hechizaba con su dulzura, su melodiosidad, su suavidad. «Las cámaras y las grabadoras nunca lograrán captar ciertas cosas», pensó.
Desde que conociera a Tirosh, diez años atrás, siempre había sucumbido al hechizo de la voz de aquel hombre, el pensador y crítico literario, el académico de fama internacional, y «uno de los mejores poetas actuales de Israel», como desde hacía años venía aclamándolo la crítica con extraña unanimidad.
Una vez más, la asaltó el impulso de ponerse en pie y proclamar que aquel hombre le pertenecía, que hacía tan sólo un rato habían estado juntos en su dormitorio abovedado y en penumbra, en su cama, que ella era la mujer con quien había comido y bebido antes de comparecer en público.
