
Miró a su alrededor, a las caras de la concurrencia. Los deslumbrantes focos de la televisión inundaban de luz la sala.
– Arremeteré contra Bialik… así me prestarán atención -le había oído comentar como para sí mientras preparaba las frases introductorias-. Seguro que nadie espera que un seminario de este tipo se inicie hablando precisamente de Bialik, y el factor sorpresa es fundamental. Todos imaginan que voy a leer algo moderno, contemporáneo, pero pienso demostrarles que hasta Bialik encierra sorpresas.
Una ovación calurosa y prolongada acogió el fin de la conferencia. Podría escucharla más adelante en alguna grabación, o en la radio, se consoló Ruchama al darse cuenta de que la conferencia había concluido mientras ella estaba absorta rememorando la tarde que habían pasado juntos, y la tarde anterior, y la noche de la semana pasada, y el viaje a Italia que habían hecho juntos, y pensando en que el mes siguiente se cumplirían tres años desde el inicio de su relación, desde que él la besó por primera vez en el ascensor del edificio Meirsdorf, y después, en su despacho, le dijo que, pese a que conocía a muchísimas mujeres, siempre la había deseado a ella, precisamente a ella, aunque sin confiar en ser correspondido. La célebre reserva de Ruchama había frenado todo intento de abrir esa puerta. Y, además, pensaba que su devoción por Tuvia la volvería inaccesible.
Ruchama posó de nuevo la vista, lánguidamente, en la mano de Tirosh que sostenía el libro abierto, en sus dedos largos y oscuros. La espesa calima que envolvía Jerusalén esa tarde, seca y extenuante como en ningún otro lugar, no le había impedido vestir su habitual traje oscuro. Y, cómo no, el inevitable clavel en el ojal, que junto con el traje y el copete plateado le daban ese aire cosmopolita, europeo, que había conquistado a tantas mujeres, convirtiéndolo en una leyenda.
