«¿Quién le lavará las camisas a Tirosh? ¿Cómo se las arregla para tener ese aspecto un hombre que vive solo?» Ruchama había oído casualmente ese comentario en boca de una estudiante que hacía cola ante el despacho de Tirosh, después de que él pasara de largo. No pudo oír la respuesta porque se apresuró a entrar detrás de él para recoger la llave de la casa, de su casa, donde lo esperaría después de las clases.

Nunca había osado ningún estudiante hacerle preguntas personales. Ni la propia Ruchama conocía casi ninguna respuesta a esas preguntas, aunque, como Tuvia y el resto de los escogidos a quienes se les permitía cruzar el umbral de su casa, sabía que conservaba los claveles rojos en el pequeño refrigerador, con los tallos cortados y un alfiler clavado, listos para lucirlos.

La atención que Tirosh prestaba a los pequeños detalles le encantaba. Siempre que iba a su casa, se precipitaba hacia el refrigerador para abrir la puerta y comprobar si los encarnados claveles seguían en el jarroncito de cristal. Nunca había ninguna otra flor; ni ningún otro jarrón. Cuando le preguntó si le gustaban las flores, la respuesta fue negativa. «Sólo las artificiales», le había dicho sonriendo, «y las que están llenas de vida, como tú», y evitó que le hiciera más preguntas con un beso. En las raras ocasiones en que se había atrevido a interesarse abiertamente por las vistosas peculiaridades de su atuendo, los claveles, la corbata, los gemelos, la camisa blanca, nunca había recibido una respuesta seria. Sólo bromas o, como mucho, una réplica inquisitiva sobre si no le gustaba su aspecto; aunque en cierta ocasión fue más explícito y le dijo que había comenzado a ponerse los claveles por pura diversión y luego se había sentido obligado a continuar haciéndolo para no defraudar a su público.

El acento de Tirosh no delataba su ascendencia extranjera.



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