
Antes de que la música se derramara por la sala hubo un instante de una serenidad tan perfecta, de una quietud tan plena, que se podría haber pensado que alguien había respirado hondo antes de la primera nota y, alzando la batuta, había impuesto silencio en el mundo. Las miradas nerviosas, movedizas, inquietas, de quienes formaban largas colas ante las campanilleantes cajas registradoras del supermercado se desvanecieron súbitamente de sus pensamientos. Michael olvidó los gestos nerviosos de las personas angustiadas que cruzaban a la carrera la calle Jaffa cargados con bolsas de plástico y llevando con cuidado cestas de regalo. Tenían que abrirse paso entre filas de coches con los motores en marcha, cuyos conductores asomaban la cabeza por la ventanilla para ver qué había provocado el atasco en aquella ocasión. Todo esto se evaporó en el silencio.
Sobre las cuatro de la tarde, las bocinas de los coches y el rugido de los motores cesaban. El mundo se tornaba plácido y tranquilo, y Michael recordaba su infancia, la casa de su madre y las tardes de los viernes, cuando regresaba del internado.
En la quietud de las vísperas de fiesta, Michael volvía a ver el rostro radiante de su madre. La veía junto a la ventana, mordisqueándose el labio inferior para disimular los nervios, en espera de su hijo menor.
