Pese a que su marido había muerto y Michael era el único de los hijos que seguía en casa, su madre le había permitido marcharse. Sólo regresaba en fines de semana alternos y durante las vacaciones. Los viernes por la tarde y las vísperas de fiesta, Michael recorría a pie el sendero que, bordeando la colina, le conducía desde la última parada del autobús hasta su calle, a las afueras del pueblo. La gente, aseada y vestida con ropa limpia, reposaba en sus casas, con la tranquilidad que les daba tener un día festivo por delante. La serenidad del momento le tendía sus dulces brazos mientras trepaba por la callejuela hacia la casa gris en las lindes del pequeño barrio.


Todo era calma y sosiego en las inmediaciones del semisótano donde Michael llevaba instalado algunos años. Para acceder había que bajar un tramo de escalera y, ya en la sala de estar, al mirar por las grandes cristaleras que daban al estrecho balcón, se descubrían las colinas de enfrente y la escuela femenina judía de Magisterio, curvada cual blanca serpiente, y sólo entonces se comprendía que aunque era un piso bajo, estaba encaramado en la empinada ladera de una colina.

Las voces de los niños del edificio, ya recogidos en casa, se habían acallado. Incluso el chelo del piso de arriba guardaba silencio, aunque Michael no había dejado de oírlo durante los últimos días: escalas y más escalas y una suite de Bach. Sólo algún que otro coche pasaba por la serpenteante calle por donde Michael dejaba vagar la mirada mientras pulsaba distraídamente el botón del reproductor de compactos. Su mano tomó la delantera a su razón y a sus dudas. Y, con aquel movimiento, hizo que el estrepitoso inicio de la Primera sinfonía de Brahms retumbara en la sala. La armoniosa paz que Michael imaginaba haber alcanzado tras largos días de inquieta desorientación le pareció ahora una ilusión, al desvanecerse de golpe.

Porque con el primer sonido tenso emitido por la orquesta, una nueva y poderosa inquietud se despertó en él y lo abrumó.



3 из 499