Las pequeñas angustias y los problemas olvidados fluyeron desde su estómago hasta su garganta. Levantó la vista hacia las manchas del techo de la cocina. Iban creciendo de día en día y cambiando de un blanco sucio al gris negruzco de la humedad. Sólo había un breve trecho entre aquella visión, que pesaba sobre él como si fuera de plomo, y los pensamientos y las palabras. Porque esas manchas requerían una urgente negociación con los vecinos de arriba, una charla con aquella mujer alta, de ojos nublados y descuidada vestimenta.

Michael había llamado a su puerta un par de semanas atrás. La vecina salió a recibirlo llevando en brazos a un niño de pecho que se retorcía y berreaba y a quien ella trataba de aquietar acunándolo y dándole palmaditas en la espalda. Su rizado cabello castaño claro le ocultó el rostro cuando inclinó la cabeza sobre el niño. A su espalda, sobre una gran alfombra mugrienta de vivos colores, se desparramaban partituras y discos compactos sin caja, y en una gran funda abierta forrada de fieltro verde reposaba el chelo, de un centelleante color caoba, con un atril a su lado. Al mirarla a los claros ojos, hundidos y de desvaídas pestañas, con oscuras ojeras que acentuaban su aire desvalido, Michael se sintió culpable por haber ido a molestarla. Echó una mirada inquisitiva por encima de su hombro, esperando descubrir al hombre barbado con quien había coincidido una vez en el portal del edificio. Michael había oído cómo abría la puerta del piso de arriba, y ahora, dando por hecho que era el marido de aquella mujer, supuso que vendría a hablar con él para liberarla de esa carga adicional. Pero, como en respuesta a su mirada, ella dijo, los labios fruncidos y la vista baja, que no iba a poder ocuparse del problema hasta dentro de unos días, cuando el niño se hubiera recuperado de la otitis. Además, las goteras no las había provocado ella sino los inquilinos anteriores.



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