Tenía una voz grave, agradable y familiar, y Michael se sintió de pronto demasiado alto y amenazador. Ella parecía acobardada y en tensión, como si le costara mirarlo desde abajo. Su mano se movía nerviosa entre la manta clara en la que llevaba envuelto al niño y los rizos que caían sobre sus hombros, y Michael encogió los hombros, tratando de parecer más bajo, y se apresuró a decir que esperaría con mucho gusto.

Fue la primera vez que habló con ella. Siempre había eludido deliberadamente el trato con los vecinos en todos los lugares donde había vivido, sobre todo a partir de su divorcio. Y en aquel edificio alto también se limitaba a leer los avisos pegados en el panel de corcho del portal. El pago de la calefacción, la jardinería, el servicio de limpieza de la escalera y las reparaciones de urgencia lo resolvía echando sigilosamente un cheque en el buzón de la familia Zamir, que vivía en el tercer piso y de la que no conocía ni de vista a ninguno de sus miembros. Sospechaba, no obstante, por las miradas inquisitivas y preocupadas que le lanzaba un hombre de cierta edad, menudo y calvo, con el que se topaba de vez en cuando en la escalera, que él era el tesorero de la comunidad y el autor de los requerimientos de pago y de las listas de inquilinos morosos.

Su titubeante llamada a la puerta de los vecinos de arriba, que lucía una tarjeta con el nombre VAN GELDEN, señaló para él el comienzo de algo que había evitado conscientemente durante muchos años. En el edificio donde vivía antes, Yuval, a la sazón adolescente, descubrió cierto día en que estaba hambriento que se les había acabado el azúcar y sugirió que fueran a pedirle un poco a los vecinos, sugerencia ante la que Michael reaccionó con horror.

– Nada de vecinos -afirmó tajante-. Se empieza por pedir un poco de azúcar y se termina en la junta directiva de la comunidad.

– De todos modos, algún día te tocará participar -vaticinó Yuval-. Te llegará el turno. A mamá le pasa lo mismo, pero el abuelo la libera de esa obligación.



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