
– En el próximo asalto lo deja k.o. -señaló Mick Ballou.
– No creo.
– ¿Qué?
– Ha tenido su oportunidad -le dije-, igual que el tío del último combate, ¿cómo se llamaba? El irlandés.
– ¿El irlandés? ¿Qué irlandés?
– McCann.
– Ah, claro. Un irlandés negro. ¿Crees que Domínguez también es uno de esos que no sabe apretar para dar el golpe de gracia?
– Sí sabe, pero ya no volverá a tener otra oportunidad. Ha pegado demasiados puñetazos, y eso cansa, especialmente cuando los estás dando al vacío. Creo que el combate le ha costado más a él que a Rasheed.
– ¿Crees que acabarán decidiendo los jueces? Si es así declararán ganador a Pedro, a no ser que ese amigo tuyo, Chance, haga algún apaño.
En aquel tipo de peleas no había apaño posible; ni siquiera había apuestas.
– No, el combate no llegará a ese punto. Rasheed lo dejará k.o. antes -aseguré.
– Matt, estás soñando.
– Ya lo verás.
– ¿Quieres apostar? No me refiero a dinero, contigo no, quiero jugar; pero podemos apostar de todos modos.
– No sé qué decirte.
Volví a mirar al padre y al hijo. Algo se removía en mi mente, algo que me fastidiaba.
– Si yo gano -me dijo- nos quedaremos toda la noche e iremos a las ocho de la mañana a St. Bernard, a la misa de los carniceros.
– ¿Y si gano yo?
– Entonces no iremos.
Me eché a reír.
– Curiosa apuesta -dije-. Yo no gano nada, porque de todos modos no pensábamos ir.
– Vale -repuso-. Si tú ganas iré a una de tus reuniones.
– ¿A una reunión?
– Sí, a una puta reunión de Alcohólicos Anónimos.
– ¿Por qué ibas a querer hacer eso?
– Es que no quiero -dijo-. ¿No se trataba de eso? Lo haría porque habría perdido la puta apuesta.
