
– Ya, pero, ¿por qué iba yo a querer que vinieses a una de mis reuniones?
– No lo sé.
– Si alguna vez quieres ir -le dije- me encantaría llevarte. Pero desde luego no quiero que vayas por mí.
El padre colocó la mano sobre la frente del chico y le atusó el pelo echándoselo hacia atrás. Hubo algo en aquel gesto que me golpeó como un derechazo en medio del corazón.
Mick dijo algo, pero yo no lo estaba escuchando y tuve que pedirle que me lo repitiese.
– Entonces no hay apuesta -dijo él.
– No, mejor que no.
La campana sonó. Los púgiles se levantaron de sus banquetas.
– Creo que tienes razón -admitió Mick-. Creo que ese cabrón de Pedro se ha agotado de tanto pegar.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió. El séptimo asalto no estuvo tan claro como esperábamos, porque Domínguez aún conservaba fuerzas suficientes como para lanzar unos cuantos golpes que volvieron loco al público, pero desde luego poner a la afición en pie era mucho más sencillo que tumbar a Rasheed, quien no tenía aspecto de estar cansado, y a quien, para colmo, se le veía muy seguro. De hecho, casi al final del asalto lanzó un derechazo corto y fuerte al plexo solar de su contrincante, y Mick y yo nos miramos y asentimos. Nadie se había movido, no había habido vítores, pero aquello era el final, y nosotros lo sabíamos, igual que Eldon Rasheed. Y supongo que también Domínguez.
Al final del asalto, Mick dijo:
– Tengo que reconocerlo. Te diste cuenta de algo en el asalto anterior que a mí se me pasó por alto. Todos esos golpes al cuerpo… Estaba claro, ¿verdad? Parece que no le hacen daño, pero de repente, después de un golpe, da la impresión de que el tío no tuviese piernas en las que sujetarse. Y hablando de piernas…
La chica de los carteles nos informaba de que el octavo asalto iba a comenzar.
– Ella también me suena -le comenté.
– La habrás conocido en una reunión -me sugirió.
