
– No sé por qué, pero no creo.
– No, te acordarías de ella, ¿verdad? Entonces, debió de ser en un sueño. Seguro que estuviste con ella en sueños.
– Eso sí es más posible.
Dejé de mirar a la chica para concentrarme una vez más en el hombre de la corbata moteada, pero al cabo de unos instantes volví de nuevo la vista hacia la mujer.
– Dicen que este es uno de los signos que indican que te vas haciendo mayor -le aseguré-, que todo el mundo con el que te encuentras te recuerda a alguien.
– ¿Ah, sí? ¿Eso dicen?
– Bueno, es una de esas cosas que se dicen por ahí -le contesté, mientras sonaba la campana del octavo asalto.
Dos minutos después Eldon Rasheed hizo que Peter Domínguez se tambaleara con un monumental gancho de izquierda dirigido al hígado. Las manos del latino bajaron y Rasheed le propinó un derechazo cruzado en la mandíbula.
Se puso en pie justo cuando la cuenta llegaba a ocho, pero probablemente no fuese más que su orgullo de macho lo que le hizo incorporarse. Rasheed le cayó encima como si estuviese en todas partes a la vez, y tres golpes al pecho volvieron a lanzar a Domínguez contra la lona. En aquella ocasión, el árbitro ni se molestó en contar. Se colocó en medio de los púgiles y levantó el brazo de Rasheed en señal de victoria.
La mayoría de la gente que lo había estado animando volvía a estar de pie, jaleando al ganador.
Al cabo de un rato nos encontrábamos junto a Chance y Kid Bascomb, al lado del rincón azul, cuando el locutor mandó callar al público y anunció lo que ya todos sabíamos, que el árbitro había detenido la pelea a los dos minutos y treinta y ocho segundos del octavo asalto y que el ganador por k.o. técnico era Eldon Rasheed, el Bulldog. Recordó que después se celebrarían otros dos combates a cuatro asaltos y que nadie querría perderse toda la acción que aún les estaba reservada allí en el New Maspeth Arena.
