
Los boxeadores que tenían que medirse en las próximas peleas tenían frente a sí una ingrata tarea, ya que iban a encontrarse con una sala prácticamente vacía. Aquellos encuentros se programaban solo como seguro para la FBCS. Si los combates previos hubiesen terminado demasiado pronto, uno de estos dos se hubiese incluido antes del evento principal; y si Rasheed hubiese noqueado a Domínguez en el segundo asalto o él mismo hubiese acabado k.o., aún habría uno o dos combates para rellenar el espacio televisivo.
Pero ya eran casi las once, así que ninguno de aquellos combates llegaría a verse en pantalla. Ya casi todo el mundo se iba a casa, igual que los aficionados que asistían al béisbol se marchaban del estadio de los Dodgers en la séptima entrada de un partido empatado.
Richard Thurman estaba sobre el ring, ayudando al cámara a recoger el equipo. No vi por ninguna parte a la chica de los carteles. Tampoco vi al padre y al hijo que habían estado junto al cuadrilátero, aunque los busqué con la mirada, pensando que tal vez fuera buena idea señalárselos a Chance para ver si él reconocía al tipo.
A la mierda. Nadie me pagaba para descubrir por qué me resultaba familiar aquel padre entregadísimo. Mi trabajo era encontrar el hilo que me condujese hasta Richard Thurman, y descubrir si era o no el asesino de su esposa.
2
El noviembre pasado, Richard y Amanda Thurman habían asistido a una pequeña cena en Central Park West. Habían abandonado la fiesta poco después de la medianoche. La noche era agradable y, de hecho, durante toda aquella semana había hecho un calor desacostumbrado para la época del año en la que estaban, así que decidieron aprovechar para ir paseando a casa.
Su apartamento ocupaba la totalidad del piso superior de un edificio de cinco alturas construido en piedra caliza en la calle Cincuenta y Dos Oeste, entre la Octava y la Novena avenidas. La planta baja estaba ocupaba por un restaurante italiano, mientras que en el segundo piso estaban instalados una agencia de viajes y un representante teatral.
