
Cuando los Thurman volvieron a casa, entre las doce y las doce y media aproximadamente, llegaron al cuarto piso en el preciso instante en que un par de ladrones salía del apartamento vacío del letrado. Se trataba de dos hombres blancos, corpulentos y musculosos, de veintimuchos o treinta y pocos años, que llevaban armas y condujeron a los Thurman al interior de la vivienda que acababan de desvalijar. Una vez allí, a Richard le quitaron el reloj y la cartera y a Amanda las joyas; y además los insultaron, diciéndoles que eran un par de yuppies inútiles y que merecían morir.
Al hombre le dieron una buena paliza, lo ataron y lo amordazaron con cinta adhesiva. Después, y en su presencia, agredieron sexualmente a su mujer. Finalmente, uno de ellos golpeó a Richard en la cabeza con lo que parecía ser una palanca, y lo dejó inconsciente. Cuando el hombre volvió en sí, los ladrones se habían ido, y su esposa estaba tirada en el suelo de la habitación, desnuda y aparentemente inconsciente.
Se lanzó rodando de la cama al suelo y trató de captar la atención de los vecinos dando patadas en el suelo, pero la alfombra era muy gruesa y no logró hacer ruido suficiente para que lo oyese el inquilino de la planta inferior. Tiró la lámpara, pero tampoco consiguió nada con aquello. Logró llegar al lado de Amanda con la esperanza de reanimarla, pero ella no respondía y parecía haber dejado de respirar. Le dio la impresión de que estaba fría y temió que estuviese muerta.
