
No pudo soltarse las manos y tenía la boca tapada. Le costó bastante deshacerse de la cinta adhesiva. Probó a ver si lo oían gritar, pero nadie respondió. Las ventanas, claro está, permanecían cerradas, y el edificio era antiguo y tenía paredes y suelos muy gruesos. Por fin consiguió volcar una mesilla y tirar al suelo un teléfono, que afortunadamente quedó a su alcance. Sobre la mesa también había un utensilio metálico con el que el abogado prensaba el tabaco de su pipa. Thurman agarró el instrumento con los dientes y lo utilizó para marcar el 911. Le dio su nombre y su dirección a la operadora y le dijo que tenía miedo de que su mujer estuviese muerta o a punto de morir. Después se desmayó, y así fue como se lo encontró la policía.
Todo aquello había ocurrido la segunda semana de noviembre, durante la noche del sábado al domingo. El primer martes de enero yo estaba sentado en el local de Jimmy Armstrong a las dos de la tarde, tomando una taza de café. Al otro lado de la mesa se encontraba un hombre de unos cuarenta años de edad. Tenía el pelo corto y oscuro y una barba bien recortada que ya comenzaba a tornarse gris. Llevaba una chaqueta de paño marrón sobre un jersey de cuello alto de color beis. El tono de su piel dejaba claro que no salía mucho, lo que no era de extrañar en pleno invierno neoyorquino. Su mirada, tras las gafas de montura metálica que lucía, era claramente pensativa.
– Creo que ese bastardo mató a mi hermana -aseguró.
Aquellas palabras estaban llenas de ira, pero su voz mantenía la calma, y su tono era tranquilo y neutro.
– Creo que la asesinó y creo que va a salir impune de todo esto, y como comprenderá, no sería de mi agrado que tal cosa sucediera.
Armstrong's está en la esquina de la Décima con la Cincuenta y Siete. El negocio lleva ya unos cuantos años abierto, pero su localización ha ido variando con el tiempo, pues antes se encontraba en la Novena Avenida, entre la Cincuenta y Siete y la Cincuenta y Ocho, en un local que ahora ocupa un restaurante chino.
