
– Digamos que tenemos una relación amistosa.
– Curiosa distinción -comentó, arqueando las cejas-. El detective Durkin no dijo que sospechase que Richard fuese responsable de la muerte de mi hermana, pero precisamente fue el modo en que no lo dijo lo que me inquietó. Me entiende, ¿no?
– Creo que sí.
– Le pregunté si se le ocurría algo que yo pudiese hacer para ayudar a esclarecer los hechos. Él me respondió que todo lo que era factible hacer a través de los canales oficiales ya se había intentado. Solo necesité un minuto para darme cuenta de que no podía sugerir de forma directa que contratase a un detective privado, pero desde luego lo dejó bastante claro. Yo dije que tal vez lo idóneo sería salir de los cauces oficiales, por ejemplo poniendo el caso en manos de un investigador ajeno a la policía, y él sonrió, como queriendo decirme que por fin lo había comprendido.
– Sí, no podía sugerir tal cosa de forma explícita.
– No, supongo que no, y tampoco podía recomendarme sus servicios directamente. Dijo que en lo que a orientación se refería, lo único que podía hacer era remitirme a las páginas amarillas, aunque se sentía en la obligación de informarme de que había un tipo, justo aquí, en el barrio, que no encontraría en el directorio ya que carecía de licencia, lo cual lo convertía en un canal verdaderamente no oficial. Se está sonriendo…
– Es que imita usted muy bien a Joe Durkin.
– Gracias. Es una pena que ya no tenga que seguir haciéndolo. ¿Le importa si fumo?
– Por supuesto que no.
– ¿Está seguro? Casi todo el mundo ha dejado el tabaco. También yo lo dejé, pero después retomé el vicio.
Parecía que iba a seguir dándome explicaciones sobre el tema, pero lo que hizo fue coger un Marlboro y encendérselo. Aspiró el humo como si aquello le devolviese la vida.
– El detective Durkin asegura que es usted bastante poco ortodoxo, incluso algo excéntrico -me aseguró.
– ¿Lo dijo con esas palabras?
