
– Más o menos. Dice que sus tarifas son arbitrarias y caprichosas, y no, sus palabras no fueron exactamente esas. Dice que usted no proporciona informes detallados a sus clientes, ni mantiene ningún tipo de cuenta de gastos.
Se echó hacia delante, mientras proseguía:
– He de reconocer que a mí nada de eso me importa. También dice que cuando le hinca el diente a algo, no deja que se le escape, y eso es precisamente lo que yo ando buscando. Si ese hijo de puta mató a Amanda, necesito saberlo.
– ¿Qué le hace suponer que fue así?
– Solo que tengo la sensación de que es así. Supongo que el argumento no resulta muy científico.
– Lo que no implica que no sea cierto.
– No -admitió, mirando su cigarrillo-. La verdad es que ese hombre nunca me ha gustado. Lo intenté, de verdad, porque Amanda lo quería, o estaba enamorada de él, o como prefiera llamarlo. Pero es difícil que alguien a quien tú no le caes bien te caiga bien a ti, o al menos a mí me cuesta.
– ¿Usted no le cae bien a Thurman?
– Su rechazo hacia mí fue inmediato y automático. Soy gay.
– ¿Y es eso lo que no le gusta?
– Es posible que tenga otras razones, pero mi orientación sexual fue suficiente para colocarme fuera de su círculo de amigos potenciales. ¿Ha visto usted alguna vez a Thurman?
– Únicamente su foto en los periódicos.
– No ha parecido sorprendido cuando le he dicho que yo era gay. Lo sabía desde el principio, ¿no?
– Yo no diría eso. Pero sí me parecía posible que lo fuera.
– Es por mi aspecto. No voy a hacerme ahora el ofendido, Matthew. ¿Le importa que le llame Matthew?
– Para nada.
– ¿O prefiere Matt?
– Como usted quiera.
– Y a mí llámeme Lyman. Lo que quiero decir es que tengo pinta de gay, implique lo que implique eso, aunque para la gente que no ha tenido demasiado contacto con homosexuales, probablemente mi condición sea bastante menos evidente. Bueno, lo que yo supongo acerca de Richard Thurman basándome en su apariencia es que está metido tan dentro del armario que no puede ni siquiera ver los abrigos.
