
En el que estábamos viendo, sin embargo, no estaba en juego ningún título, y, desde luego, se encontraba muy alejado del glamour y la enorme espectacularidad de los combates por un título que se organizaban en los casinos de Las Vegas y Atlantic City. Estábamos, para ser precisos, en un bloque de cemento perdido en una oscura calle de Maspeth, una zona industrial casi desierta del barrio de Queens, bordeada al sur y al oeste por las secciones de Greenpoint y Bushwick, de Brooklyn, y separada del resto de Queens por un hemiciclo de cementerios. Se puede pasar toda una vida en Nueva York sin acercarse jamás a Maspeth, o incluso recorrerla en coche docenas de veces sin darse uno cuenta. Estoy seguro de que Maspeth, con sus almacenes, sus fábricas y sus monótonas calles residenciales, no está en la lista de preferencias de ningún potencial aburguesamiento, pero supongo que estas cosas nunca pueden saberse a ciencia cierta. Antes o después, la gente acabará por marcharse a otras zonas, y los destartalados almacenes renacerán como lofts de artistas, mientras que los jóvenes constructores de casas abrirán el podrido asfalto junto a las hileras de casas y empezarán a destripar sus interiores. Plantarán ginkgos a ambos lados de la acera de la avenida Grand, y una frutería coreana abrirá en cada esquina.
Sin embargo, de momento, el New Maspeth Arena era el único indicio de aquel glorioso futuro que había imaginado para el barrio. Unos meses antes, el Madison Square Garden había cerrado el Felt Forum para hacer reformas, y en algún momento a principios de diciembre, el New Maspeth Arena había abierto sus puertas para acoger los combates de boxeo que se celebraban todos los jueves por la noche, y cuyo primer previo daba comienzo hacia las siete.
