– ¡Basta! -se dijo en voz alta.

Aquella tarde, a Samuel Sharkey le sucedió algo milagroso. El cliente con el que tenía que reunirse se puso enfermo y se encontró con un hueco en su agenda. Tenía hora y media libre antes de cenar con unos clientes.

Había disfrutado mucho defendiendo a Dan Murphy contra la empresa de informática que aseguraba que Dan les había robado un programa. Además, le había caído muy bien Lana, la actriz con la que salía Dan. Cuando este se había puesto a hablar de Lana, él a su vez le había comentado que su vida amorosa era un desierto.

A Dan se le había ocurrido que «el Tiburón» necesitaba una tiburón hembra con la que ir a nadar y Lana había añadido que conocía a la chica perfecta. Sam no se lo creía, claro, pero estaba impaciente por comprobar si era cierto.

Encontró la tarjeta al fin y marcó el número de su despacho. Le contestó un contestador automático con una voz fría e impersonal. Marcó entonces el número de su móvil y otra vez le contestó la misma voz fría e impersonal. Consultó el reloj: las siete y media. Si la mujer se había ido ya a casa, quizá no fuera el tipo de persona que estaba buscando. De todos modos, marcó el número.

Hope se tomó el pollo en pepitoria sin degustarlo, pero quizá había sido mejor así.

Y a continuación, empezaría con su tratamiento de belleza rutinario. Ponerse el acondicionador en el pelo, envolvérselo en una toalla, ponerse la mascarilla en la cara y extender la pasta verde con cuidado. La etiqueta prometía milagros y dado su precio era mejor creérselo. Se estaba lavando las manos cuando sonó el teléfono.

– ¿Hope Summer?

– ¿Quién llama?

– Sam Sharkey. Me dio su número Lana, que es amiga de Faith…

– Oh, sí -Hope reconoció en seguida al abogado que quería hacerse socio de la empresa en la que trabajaba antes de casarse.



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