
– Me ha quedado de repente una hora libre y me preguntaba si podíamos vernos. Sé que es algo un poco precipitado, pero prometí a Dan que la llamaría.
– ¿Dan? El…
– Mi cliente. El brillante programador informático.
– Ya -«el roquero», pensó ella-. Bueno, pues estoy de acuerdo con usted en que es un poco precipitado. Quizá lo mejor fuera decirles a todos que hemos hablado y que hemos decidido no seguir viéndonos.
– La verdad es que me apetecía conocerla.
– A mí también -aseguró Hope-, pero esta noche no puedo. Ahora mismo estoy con una mascarilla facial.
Sam estuvo a punto de gastarle una broma al respecto, pero finalmente no lo hizo.
– Tengo que tenerla puesta cuarenta y cinco minutos -le explicó-. De todos modos, por lo menos hemos hablado. Aunque haya sido poco tiempo.
– No se preocupe tanto por su aspecto -dijo él-. Lana ya me ha dicho que es usted bastante agraciada.
– ¿Mi hermana me ha descrito como agraciada? -preguntó con voz gélida.
Sam soltó una maldición para sí. Era abogado y se suponía que era un experto en elegir las palabras adecuadas. También sabía que a veces era preferible mantener la boca cerrada.
– No, no fue su hermana. Le pregunté a la novia de Dan si era usted agraciada y ella me dijo que sí. Pero no de una manera… ambigua, no. Me dijo: ¡claro que es guapa! ¡Muy guapa!
Sam se quedo en silencio, consciente de que no lo estaba haciendo nada bien. «Vamos, Summer, diga que sí. Estamos perdiendo el tiempo».
– Creo que estamos perdiendo el tiempo -dijo ella.
A Sam se le cayó entonces su móvil al suelo. Lo recogió inmediatamente.
– ¿Hola? ¿Sigue ahí? -oyó que estaba diciendo ella.
– Lo siento.
– Solo decía que tendríamos que tomar una decisión rápida.
– Yo pienso lo mismo. Estaré en su casa en… -Sam se fijó en el número de la calle que estaba-… un par de minutos.
Hope abrió la puerta y se asomó. Le entraron ganas de cerrarle la puerta en las narices para luego dejarse caer en el sofá hasta que le dejaran de temblar las piernas.
