Estaba preparada para encontrarse con un hombre atractivo, elegante y bien educado. Pero no lo estaba para ver casi dos metros de músculos, piernas y hombros, todo envuelto en un abrigo negro y masculino. Tenía el cabello corto y oscuro, y su piel era de un moreno que ella no conseguía jamás por mucho que se lo propusiera. Finalmente, se fijó en sus ojos azules, que la examinaban con una velada curiosidad.

Sería un encuentro maravilloso… si su cara no estuviera cubierta de pasta verde.

Aunque pensándolo bien, se alegraba de tener la mascarilla y de poder esconderse así tras ella. La virilidad de él era impresionante. Era el tipo de hombre que toda mujer deseaba y le iba a ser difícil mantener una relación con él donde se limitara a ser su acompañante para actos sociales.

De hecho, no iban a tener ninguna relación. Un hombre así terminaría alterando toda su vida.

Pero no podía darle un portazo.

– ¿Sam? ¿Alias «el Tiburón»?

– El mismo.

Con la sensación de que se estaba equivocando, abrió la puerta y le hizo un gesto con la mano.

– Siento lo de la mascarilla. Si hubiera sabido…

– No se preocupe. Tengo hermanas a las que he visto muchas veces con mascarillas verdes y rodajas de pepino sobre los ojos.

El hombre sonrió y su sonrisa no era la de un tiburón; era cálida y comprensiva. A Hope comenzaron a temblarle las rodillas, pero consiguió ponerlas finalmente rígidas para dar una respuesta.

– Déjeme su abrigo. Por favor, siéntese. ¿Le apetece una copa de vino? Me temo que no puedo acompañarlo, porque todavía tengo…

– No, gracias, todavía tengo…

– … trabajo que hacer -dijeron al unísono.

Y Hope no pudo resistir la tentación de sonreírle. Al notar que le tiraba la mascarilla, se puso seria de inmediato. Pero eso no cambió el alterado ritmo de su corazón, ni tampoco la hizo olvidarse de que debajo del albornoz, no llevaba nada.



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