Muy fina, casi delgada, tenía pelo oscuro, exquisitos pómulos y grandes ojos de un azul tan oscuro que parecía casi púrpura. Podría describírsela como una belleza sí no fuera por lo agotada que se la veía. Tenía profundas ojeras y le recordó a un pura sangre, inquieto y tembloroso antes de una gran carrera. Cal no tenía nada contra los pura sangre, pero aquél era un país áspero, un sitio para caballos medio deslomados que pudieran trabajar. Podrían no ser bonitos, pero eran útiles.

Mirando a Juliet Laing, Cal dudó si habría sido alguna vez de utilidad para alguien salvo para sí misma.

– Sí, soy Cal -dijo con voz profunda aceptando su mano.

Había tenido mucho tiempo en el largo viaje desde Brisbane para preguntarse si no estaría cometiendo un terrible error al volver a Wilparilla, pero ahora que veía a aquella mujer frágil y nerviosa, pensó que había acertado, después de todo. Una mujer así, nunca duraría mucho allí. Volvería para Inglaterra en cuanto las cosas se pusieran difíciles y él volvería al sitio al que pertenecía.

Su apretón fue sorprendentemente firme, sin embargo. Cal la miró a los ojos y deseó no haberlo hecho nunca. Eran unos ojos extraordinarios, el tipo de ojos que podrían meter a un hombre en problemas. No había nada frágil ni nervioso en aquella mirada, que estaba cargada de firmeza y obstinación.

Durante un largo momento, se midieron el uno al otro y a Juliet le pareció que entre ellos se había lanzado un reto. No sabía cuál, pero estaba segura que Cal Jamieson pensaba que aquél no era lugar para ella. Bueno, pues si pensaba que iba a irse con el rabo entre las piernas, estaba muy equivocado.

– ¿Vamos a hablar a la terraza? -preguntó con frialdad.

– ¿Hablar?

Por su tono, pareció que le hubiera hecho una propuesta indecente.

– Apenas se puede llamar entrevista nuestra conversación telefónica.

– Es un poco tarde para una entrevista, ¿no? Acordamos que vendría para un período de prueba como capataz.



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