¿Qué quería decir con acordamos?, pensó Juliet enfadada. Ella había aceptado emplearlo en concepto de prueba.

– Llevo conduciendo cuatro días para llegar hasta aquí y hacerlo. ¿Qué pasa sí no paso la entrevista? ¿Espera que me vuelva directamente a Brisbane?

– Por supuesto que no.

Juliet apretó los dientes. Aquello iba a ser peor de lo que había pensado. No había sido imaginación suya aquella corriente de hostilidad que había sentido por teléfono. Y no es que fuera agresivo, no. Permanecía calmado e implacable.

– Mire -dijo haciendo un esfuerzo por sonar razonable-. Pete Robins lo ha recomendado, pero lo único que sé es que ha venido de Brisbane y que necesita un trabajo. Lo único que sabe de mí es que necesito a un capataz. Si vamos a estar trabajando muy cerca, creo que deberíamos saber algo más el uno del otro.

Él sabía mucho más de ella que eso, pensó Cal. Sabía que su marido y ella habían llegado de Inglaterra y comprado aquella propiedad por capricho. Sabía que habían ignorado a los vecinos, despedido a los buenos trabajadores y abandonado la propiedad que a él le había costado tanto levantar y que ahora, que su marido estaba muerto y no había razón para quedarse, ella se había negado con terquedad a vender. Esperando que le ofrecieran más dinero, supuso con disgusto, como si ya no tuviera suficiente. Era una mujer estúpida y consentida que se había interpuesto en su camino.

Pero por ahora le seguiría la corriente, pensó mientras seguía a Juliet a la terraza. Que pensara que estaba desesperado por un trabajo si era eso lo que quería.

Se sentó en una de las sillas de caña y posó el sombrero en el suelo, contento de que Pete Robins le hubiera avisado de los cambios que los Laing habían hecho en su casa. El loco plan de Hugo Laing parecía haber sido el cotilleo de la zona. En vez de invertir el dinero que tanto necesitaba la tierra, se había gastado miles de dólares en remodelar la casa desde los cimientos. La idea había sido crear un tipo de acomodación de lujo para turistas de alto nivel, pero por lo que Cal sabía, todavía no había aparecido ninguno.



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