El intenso contraste entre el pretencioso estilo de la vivienda y el estado de ruina de la propiedad le puso furioso, pero por otra parte estaba contento. Ver a otra persona viviendo en la humilde casa que él había compartido con Sara le hubiera resultado intolerable y así no tendría que enfrentarse con los fantasmas del pasado.

Entonces miró a Juliet, que estaba sentada en el otro sillón de caña. Tenía una elegancia natural que hacía que pareciera estar posando para una revista de vida natural, a pesar de sus vaqueros y su sencilla camisa de color arena.

– ¿Qué tipo de cosas quiere saber?

La resignación y el aburrimiento del tono de su voz le pusieron a Juliet los nervios a flor de piel. ¡Ni siquiera intentaba parecer amable! Y encima, no sabía por donde empezar. Estaba tan cansada la mayor pare del tiempo que hasta una simple conversación le sobrepasaba.

– Bueno, ¿cuánto tiempo llevaba en Brisbane, por ejemplo?

– Casi cuatro años.

El mismo tiempo que ella llevaba allí, pensó Juliet. Toda una vida.

– ¿Y qué hacía allí?

Intentó sonar relajada y amable, pero la actitud de Cal como si estuviera en su propia casa, le ponía nerviosa. No tenía derecho a parecer que era él el que pertenecía allí y que ella era la completa extraña.

Cal vaciló.

– Tenía mi propia empresa.

Esperaba que no le preguntara más. Si descubriera lo bien que le había ido se preguntaría por qué estaba buscando trabajo de capataz.

Juliet no interpretó bien su vacilación. La compañía debía haber fracasado, por eso había ido hasta tan lejos para buscar un trabajo. Pero parecía que no quería hablar de ello.

– Pete Robins me dijo que procedía de esta zona. ¿Por qué fue entonces a Brisbane?

– Razones personales.



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