
Clavó la mirada en Cal y éste se enfadó consigo mismo por fijarse en cómo la furia le hacía aletear las fosas nasales y cómo en sus ojos había desaparecido la mirada de debilidad dejándolos muy vívidos. Con aquella pose, tenía una fuerza que era más atractiva de lo que él había imaginado.
– Y lo despediré a usted -estaba diciendo-, en el momento en que olvide quién es el jefe aquí. Esta es mi propiedad y estoy dispuesta a pagar a quien me ayude, pero desde luego no voy a pagar para me manden.
La expresión de los ojos grises de Cal era difícil de interpretar y no sabía si se sentía intimidado o avergonzado por su arrebato. Aunque era difícil imaginar que un hombre como Cal pudiera sentirse intimidado por nada.
– Sólo quería dejar claro cuál es mi postura. Es mejor aclarar las cosas desde el principio.
– Lo único que me ha quedado claro es que necesita un capataz, un trabajador que haga milagros, un esclavo y un profesor, todo en el mismo paquete -dijo él con sorna- Ya he visto en el camino la cantidad de trabajo que hace falta. Si voy a llevar esta propiedad de forma adecuada, no tendré tiempo de explicarle todo.
– No estoy pidiendo un recuento minuto a minuto. Tampoco yo tendré demasiado tiempo con dos niños a los que cuidar. Pero quiero saber lo que está pasando y quiero aprender lo que pueda.
– ¿Y cuándo lo haya aprendido?
– Entonces se quedará sin trabajo -dijo ella con una mirada directa-. Pero no soy tonta. Sé que eso tardará, así que el trabajo está asegurado para una buena temporada, si eso es lo que le preocupa.
No era la seguridad lo que le preocupaba a Cal, era comprender que Juliet Laing iba a ser más complicada de lo que había imaginado.
