—Estás ñipado —dijo Saied cuando nos sentamos en el taxi.

Le dije al taxista que nos llevara a un banco de datos público.

—¿Yo? ¿Flipado? ¿Cuándo me has visto a mí estar flipado tan temprano?

—Ayer, anteayer y el día antes.

—Quiero decir aparte de estos días. Funciono mejor con una tonelada de opiáceos encima que la mayoría de la gente sin nada.

—Seguro que sí.

Miré por la ventanilla del taxi.

—De cualquier modo —dije—, tengo una ristra de daddies para compensar.

Ninguna otra mente privilegiada del mundo árabe posee mi equipo fabricado a medida. Daddies especiales controlan mis funciones hipotalámicas de modo que puedo ahuyentar el miedo y la fatiga, el hambre, la sed y el dolor. También incrementan mis percepciones sensoriales.

—Marîd Audran, supermán de silicona.

—Mira —dije enfadado por la actitud de Saied—, durante mucho tiempo sentí terror a modificarme el cerebro, pero ahora no sé cómo pude arreglármelas sin operarme.

—Entonces, ¿por qué sigues diezmando tus células cerebrales con drogas? —me preguntó Medio Hajj.

—Llámame anticuado. Cuando me desconecto los daddies, me encuentro fatal. Toda esa fatiga y ese dolor aplazados me acometen de golpe.

—¿Me vas a decir que los sunnies y los beauties no te dan resaca?

—Cállate, Saied. ¿Por qué demonios te preocupas tanto de repente?

Me miró de reojo y sonrió.

—La religión prohibe el licor y las drogas duras, ya lo sabes.

Y eso viniendo de Medio Hajj, que si había estado alguna vez en su vida en una mezquita había sido para echarles el ojo a los niños de la escuela.

En diez o quince minutos el taxista nos condujo hasta el banco de datos. Sentía un nerviosismo especial, aunque no comprendía por qué. Sólo estaba subiendo la escalera de granito de un edificio público. ¿Por qué estaba tan tenso? Intenté distraer mi mente con pensamientos más agradables.



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