En el interior había muchas terminales vacantes. Me senté ante la pantalla gris de un Bab el-Marifi hecho polvo. Me preguntó que tipo de investigación deseaba emprender. El sintetizador de voz del aparato había sido diseñado en las repúblicas norteamericanas y le costaba mucho la pronunciación árabe. Le dije: «Nombre», luego «enter». Cuando el cursor volvió a aparecer, le dije: «Monroe coma Ángel». La consola se lo pensó un rato, antes de que las letras blancas empezaran a parpadear en su rostro brillante:


Ángel Monroe 16, Rué du Sahara Kasbah (alta) Argel Mauritania 04-B-28


Ordené a la máquina que imprimiera la dirección. Medio Hajj arqueó las cejas y yo asentí.

—Parece que voy a hallar algunas respuestas.

Inshallah —murmuró Saied—. Si Dios quiere.

Salimos de nuevo a la cálida y húmeda mañana para buscar otro taxi. En seguida llegamos desde el banco de datos a la Kasbah. No había tanto tráfico como recordaba de mi infancia, apenas circulaban vehículos, pero subsistían las lentas e inevitables recuas de burros encajonados en las angostas callejas.

La Rué du Sahara es un error. Recuerdo que alguien me contó hace mucho tiempo que el verdadero nombre de la calle era Rué N’sara, calle de los cristianos. No sé cómo llegó a corromperse. Poco en Argel guarda relación con el Sahara. Después de todo, es un paseo endiabladamente largo ir desde el puerto del Mediterráneo hasta el desierto. En estos días no tiene demasiada importancia, todo el mundo usa el nuevo nombre. Incluso se ha colado en todos los mapas oficiales, lo cual zanja la cuestión.

El número 16 era una pobre y derruida pila de ladrillos con dos plantas superiores que sobresalían por encima de la calle empedrada. La casa de enfrente era parecida y los dos edificios casi se besaban por encima de mi cabeza, como dos desaliñadas matronas viejas apoyadas sobre una barandilla. En uno de los destartalados buzones figuraba una tarjeta con el nombre de Ángel Monroe escrito con tinta desvaída. Apreté el timbre del portero automático con el pulgar. La puerta principal no tenía cerradura, de modo que entré y subí la primera tanda de escalones. Saied me seguía.



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