Su casa resultó estar en el tercer piso, en la parte de atrás. El zaguán estaba alfombrado, si se lo puede llamar así, con un deslucido y granulado tejido que había sido marrón en otro tiempo. El paso de innumerables pies había desgastado por completo muchas zonas del tejido y a través de los agujeros se podía ver la reseca madera gris del suelo. Un papel raído, del que colgaban tiras despegadas por aquí y por allá, empapelaba las paredes. El aire encerraba un peculiar olor ácido, como si ocuparan el edificio personas que habían ido allí a morir, o lo bastante enfermas como para morir, pero que, en vez de hacerlo, se aferraban a una miseria solitaria. Detrás de una puerta se oía una disputa familiar, con berridos, amenazas y rotura de cacharros, mientras que de otro piso llegaban agudas risas enloquecidas y el sonido de la carne batiendo estrepitosamente contra la carne. No quise indagar.

Respiré hondo ante la miserable puerta de Ángel Monroe. Miré a Medio Hajj pero se limitó a encogerse de hombros, haciéndose significativamente el despistado. Vaya amigo. Estaba solo. Me dije a mí mismo que no iba a suceder nada raro —me mentí para obligarme a dar el siguiente paso— y acto seguido golpeé la puerta. No hubo respuesta. Esperé unos segundos y volví a llamar más fuerte. Esta vez oí el crujido de un somier y a alguien que arrastraba los pies despacio hacia la puerta. Ésta se abrió. Ángel Monroe me miró de arriba abajo, tratando a duras penas de enfocar su visión.

Era una cabeza más baja que yo, y recogía su pelo cano y rizado, teñido de rubio, en un peinado que yo calificaría de «andrajoso».



12 из 307