
Su cuerpo me hizo pensar que era demasiado vieja para vestir otra cosa que no fuera la larga hdik blanca argelina, con un velo conservador y afianzado en su sitio. El problema era que su cuerpo no había visto jamás el interior de una haik. Vestía unos pantalones cortos tan pequeños que su orondo vientre salía por encima de la cinturilla. Sus pechos colgantes no estaban del todo cubiertos por una especie de chaleco transparente. Estaba seguro de que si se sentaba en una silla, podías esconder la gema más valiosa del mundo en su ombligo y sería completamente invisible. Un dibujo de venas rotas, como los valles de la chebka seca del Mzab, recorría sus piernas. Calzaba sus anchos pies planos con unas zapatillas andrajosas cuyos restos de aterciopelados lazos rosa colgaban desatados.
A decir verdad, sentí cierta repulsión.
—¿Ángel Monroe? —pregunté.
Por supuesto ése no era su verdadero nombre. Al menos era medio beréber, como yo. Tenía la piel más oscura que la mía y los ojos tan negros y turbios como el asfalto gastado.
—Aja —dijo ella con voz aguda y estridente. Ya estaba muy borracha—. Un poco pronto, ¿no? Por cierto, ¿quién os envía? ¿Os envía Khalid? Le dije a ese maldito bastardo que estaba enferma. Se suponía que hoy no iba a trabajar, se lo dije anoche y me respondió que muy bien. Y ahora os envía a vosotros. Dos, por falta de uno. ¿Quién cono se cree que soy? No será porque le falten chicas. Os podía haber enviado a Efra, esa puta, con su talento enchufado. Cuando no me encuentro bien, no me importa que os mande a ella. Mierda, no me importa. ¿Cuánto le habéis dado?
