Me quedé mirándola. Saied me dio un codazo.

—Bien, mm, señorita Monroe… —dije, pero entonces empezó a charlar de nuevo.

—Al infierno. Entrad. Ya imagino en qué usaré el dinero. Pero decidle a ese hijo de puta de Khalid que… —Se detuvo para dar un gran trago del largo vaso de whisky que sostenía en la mano—. Decidle que si no se preocupa por mi salud, me refiero a que si me hace trabajar cuando le acabo de decir que estoy enferma, entonces malo, decidle que hay un montón de tipos para los que puedo trabajar cuando me dé la gana, podéis creerlo.

Intenté interrumpirla dos veces, pero sin éxito. Esperé hasta que se calló para beber otro trago. Mientras tenía la boca llena de licor barato le dije:

—¿Madre?

Se limitó a mirarme un momento, con los ojos opacos muy abiertos.

—No —dijo por fin con un hilo de voz.

Me miró de cerca y dejó caer el vaso de whisky al suelo.

2

Cuando regresé a la ciudad, después del viaje a Argel y Mauritania, el primer lugar al que me dirigí fue al Budayén. Antes vivía en el mismo corazón del barrio amurallado, pero ahora las circunstancias, el destino y Friedlander Bey lo impedían. También tenía un montón de amigos en el Budayén y en todas partes era bien recibido; en cambio, ahora sólo dos personas se alegran de verdad al verme: Saied Medio Hajj y Chiriga, que dirige un club en la Calle a medio camino del gran arco de piedra y a medio camino del cementerio. El local de Chiri siempre ha sido mi hogar-lejos-del-hogar, donde podía sentarme y tomar unas copas en paz, escuchar los chismorreos sin que me intimidasen ni me importunasen las chicas que allí trabajan.



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