Hace algún tiempo me vi obligado a matar a unos cuantos tipos en defensa propia. El dueño de más de un club me comunicó que no volviera a poner un pie en su bar. Después de eso, ciertos amigos decidieron que se podían arreglar sin mi compañía, pero Chiri fue más sensata.

Esa alta negro africana de rostro cruzado por cicatrices rituales y afilados dientes de caníbal es una mujer que trabaja duro. Para ser franco, no sé si sus caninos son simple ornamento, como los dibujos de la frente y las mejillas, o un signo de que en su casa la comida se compone de exquisiteces prohibidas implícita y explícitamente en el noble Corán. Chiri es una moddy, pero se considera a sí misma una moddy lista. En el trabajo, siempre es ella. Se conecta sus fantasías en casa, donde no molesta a nadie. Respeto esa actitud.

Cuando crucé la puerta del club, me recibió una andanada de aire fresco. Su aparato de aire acondicionado, tan impredecible como un antiguo hardware de fabricación rusa, pedía a gritos un cambio. Ya me sentía mejor. Chiri estaba absorta en la conversación con un cliente, un tipo calvo con el pecho desnudo. Vestía pantalones de vinilo negro que parecían de cuero auténtico y su mano izquierda estaba esposada por la espalda a su cinturón. Tenía un implante corímbico en la cresta del cráneo y un moddy verde pálido le aportaba la personalidad de Dios sabe quién. Si Chiri le dedicaba parte de su tiempo, no debía de ser peligroso y seguramente ni siquiera era tan despreciable.

Chiri no tiene mucha paciencia con la chusma a la que sirve. Su filosofía es que alguien ha de venderles licor y drogas, pero eso no significa que tenga que confraternizar con ellos.

Yo era su viejo amigo y conocía a la mayoría de las chicas que trabajaban para ella. Claro que siempre había caras nuevas, y al decir nuevas me refiero a caras recién cinceladas a partir de caras vulgares y ordinarias, que, gracias a las técnicas quirúrgicas, se transformaban en seductoras bellezas artificiales.



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