
La bailarina que acababa de finalizar su último número era una muchacha egipcia llamada Indihar. Hace años que la conozco, solía trabajar para Frenchy Benoit, pero ahora movía el culo en el club de Chiri. Me abordó cuando salió de bastidores, envuelta en un chal de color melocotón que intentaba, sin éxito, ocultar su voluptuoso cuerpo.
—¿Me das una propina por mi baile? —me preguntó.
—Sería para mí un placer indecible —le dije.
Saqué un billete de un kiam de mi cambio y lo deposité en su escote. Si me trataba como a un macarra, yo actuaría como tal, —No me sentiré culpable si voy a casa y sueño contigo toda la noche.
—Eso te costará un suplemento —dijo ella recorriendo la barra hacia el tipo de pecho desnudo y pantalones de vinilo.
La observé caminar.
—Me gusta esa chica —le dije a Chiriga.
—Ésa es nuestra Indihar, un espléndido montón de alegría bronceada —me contestó Chiri.
Indihar era una mujer auténtica con una personalidad auténtica, una rareza en ese club. Chiri parecía preferir en sus empleadas el atractivo rápido de un transexual. Chiri me dijo una vez que los transexuales cuidan más su aspecto. Su belleza prefabricada es toda su vida. Alá prohibe que un simple pelo de su entrecejo esté desarreglado.
Indihar era una buena musulmana, por principios. No se había operado el cerebro como la mayoría de las bailarinas. Los imanes más conservadores dicen que los implantes entran en la misma prohibición que las drogas, porque algunas personas se llenan de cables los centros del placer y pasan el resto de sus breves vidas como amperioadictos.
