
—Entonces, estará en el callejón. Debes de haberlo perdido la última vez que fuiste a mear.
Saied dio un puñetazo en la barra.
—Está oscureciendo y debo coger el autobús.
—Aún te da tiempo a buscarlo —dijo Hisham, sin demasiada convicción.
Medio Hajj se rió sin ganas.
—Una piedra como ésa, que vale cuatro mil dinares tunecinos, parece un fino guijarro entre un millón. Nunca la encontraré a la luz del crepúsculo. ¿Qué voy a hacer?
El viejo se mordió los labios y pensó un instante.
—¿Estás resuelto a tomar el autobús cuando pase? —le preguntó.
—Oh hermano, debo hacerlo. Tengo negocios urgentes.
—Te ayudaré si puedo. Tal vez encuentre tu piedra. Dame tu nombre y dirección, si encuentro el diamante te lo enviaré.
—¡Qué Alá te bendiga a ti y a tu familia! —dijo Saied—. Tengo pocas esperanzas de que lo logres, pero me consuela que hagas lo que puedas. Estoy en deuda contigo. Convendremos una recompensa apropiada.
Hisham miró a Saied entornando los ojos.
—No pido ninguna recompensa —dijo despacio.
—Por supuesto que no, pero insisto en ofrecértela.
—No es necesario que me recompenses. Considero mi deber ayudarte, como hermano musulmán.
—A pesar de todo —prosiguió Saied—, si encuentras la funesta piedra, te daré mil dinares tunecinos para la manutención de tus hijos y el consuelo de tus ancianos padres.
—Sea como desees —dijo Hisham con una pequeña reverencia.
—Vamos —dijo mi amigo—, déjame apuntarte mi dirección.
Mientras Saied apuntaba su nombre en el pedazo de papel, oí el traqueteo del autobús en la parada del exterior del edificio.
—¡Que Alá te conceda un buen viaje! —dijo el viejo.
—¡Y que él te conceda prosperidad y paz! —dijo Saied, apresurándose a subir al autobús.
Esperé unos tres minutos. Ahora era mi turno. Me levanté y di un par de pasos tambaleantes. Tenía grandes problemas para caminar en línea recta. Podía ver como el dueño me miraba con desprecio.
