
—¿Qué diablos quieres, asqueroso mendigo?
—Un poco de agua.
—¡Agua! ¡Compra algo o lárgate!
—Una vez un hombre preguntó al Mensajero de Dios, que Alá le bendiga, qué era lo más noble que podía hacer un hombre. La respuesta fue: «Dar de beber al sediento». Eso es lo que te pido.
—Pídeselo al Profeta. Estoy ocupado.
Asentí. No esperaba que ese mal bicho me diera de beber gratis.
Me apoyé contra el mostrador y contemplé la pared. El establecimiento no se estaba quieto.
—¿Qué quieres ahora? Te he dicho que te largues.
—Intentaba recordar —dije con obstinación—. Tenía algo que decirte. Ah sí, ya sé.
Busqué en el bolsillo de mis téjanos y saqué una resplandeciente piedra redonda.
—¿No es eso lo que andaba buscando ese hombre? La encontré fuera. ¿Es ésta…?
El viejo intentó arrebatármela de la mano.
—¿Dónde la encontraste? En el callejón, ¿no es cierto? En mi callejón. Luego es mía.
—No, yo la encontré. Es…
—Me dijo que quería que la buscara.
El tendero ya imaginaba en qué iba a gastar el dinero de la recompensa.
—Dijo que te daría dinero por ella.
—Es cierto. Escucha, tengo su dirección. De nada te sirve la piedra sin la dirección.
Lo pensé unos segundos.
—Sí, oh caíd.
—Y de nada me sirve a mí la dirección sin la piedra. Así que ésta es mi oferta: te daré doscientos dinares por ella.
—¿Doscientos? Pero él dijo…
—Dijo que me daría mil. A mí, estúpido borracho. Para ti no tiene ningún valor. Toma los doscientos. ¿Cuánto hace que no tienes doscientos dinares en el bolsillo?
—Mucho tiempo.
—Apuesto a que sí. ¿Entonces?
—Primero dame el dinero.
