—Dame la piedra.

—El dinero.

El viejo murmuró algo y se dio media vuelta. Sacó una herrumbrosa lata de café de debajo del mostrador. Contenía un grueso fajo de billetes viejos y gastados. Sacó doscientos dinares.

—Aquí los tienes, y me cago en tu puta madre.

Cogí el dinero y me lo metí en el bolsillo. Luego le di la piedra a Hisham.

—Si te das prisa —dije, farfullando las palabras a pesar de que no había bebido nada, ni ingerido ninguna droga, en todo el día—, todavía lo pescas. El autobús aún no ha salido.

El hombre me sonrió.

—Voy a darte una lección de ingenio mercantil. El respetable caballero me ofreció mil dinares por una piedra que vale cuatro mil. ¿Debo aceptar la recompensa o vender la piedra por lo que vale?

—Vender la piedra te acarreará problemas —le dije.

—Ya me ocuparé yo de ellos. Ahora, vete al infierno. No quiero volver a verte por aquí nunca más.

No debía preocuparse por ello. Al salir del cochambroso café, me quité el moddy. No sabía de dónde lo había sacado Medio Hajj, tenía una etiqueta de Malacca, pero no creo que fuera una pieza de hardware legal. Era un moddy idiotizante, cuando me lo conectaba se comía la mitad de mi inteligencia y me volvía vacilante, estúpido y apenas capaz de llevar a cabo mi mitad del plan. Sin él, de repente volví a cobrar consciencia del mundo y fue como despertar de un vago sueño narcótico. Después de enchufarme ese moddy pasaba media hora enfadado. Me odiaba a mí mismo por haber aceptado llevarlo, odiaba a Saied por inducirme a hacerlo. No se lo iba a enchufar él, Medio Hajj, con su preciosa imagen. Así que yo lo llevaría, a pesar de estar dotado de dos modificaciones intracraneales como nadie y de la capacidad de daddy suficiente como para convertirme en el hijo de puta más inteligente de la creación. Y aun así, Saied me convenció para reducirme a mí mismo hasta casi un vegetal.



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