En el autobús me senté junto a él, pero no tenía ganas de hablarle ni de escucharle bravuconear.

—¿Qué hemos sacado por ese pedazo de cristal? —quería saber Saied.

Ya había restituido el verdadero diamante a su anillo.

Me limité a darle el dinero. Era su juego, era su puntuación. Nada podía importarme menos. Aún no sé por qué le seguía la corriente, sólo porque me dijo que si no lo hacía no me acompañaba a Argelia.

Contó los billetes.

—¿Doscientos? ¿Eso es todo? Las dos últimas veces sacamos más. Bueno, ¡qué demonios!, son doscientos dinares más que podemos gastar en Argel. «Ven conmigo a la Kasbah.» Poco se imaginan esos muchachos con ojos de gacela lo que les espera, durante la noche perfumada de limón.

—Este apestoso autobús, eso es lo que les espera, Saied.

Me miró con los ojos muy abiertos, luego se echó a reír.

—No eres nada romántico, Marîd —me dijo—. Desde que te llenaron el cerebro de cables, no resultas nada divertido.

—Y qué pasa.

No deseaba seguir hablando. Simulé dormir. Simplemente cerré los ojos y escuché el traqueteo del autobús sobre el pavimento roto, entre las risas y las incesantes disputas de los demás pasajeros. El apestoso autobús estaba lleno y hacía calor, pero hora tras hora me conducía hasta la solución de mi propio misterio. Había llegado a un punto en mi vida en que necesitaba averiguar quién era yo en realidad.

El autobús se detuvo en la ciudad beréber de Annaba y subió a bordo un viejo de barba entrecana que vendía néctar de albarico-que. Pedí uno para mí y otro para Medio Hajj. Los albaricoques son el orgullo de Mauritania, y el zumo era el primer signo patente de que nos acercábamos a casa. Cerré los ojos e inhalé ese delicado aroma de albaricoque, luego di un trago y saboreé la densa dulzura. Saied engulló el suyo sin un gruñido y me dio unas rudas «gracias», con la delicadeza de un murciélago muerto.



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