
Mamá y papá no tenían la culpa, aunque Johanna sospechaba que se sentían culpables. Habían organizado la fuga con los materiales de que disponían, en el último momento, cuando el experimento se volvió peligroso. La gente de Laboratorio Alto había hecho todo lo posible para salvar a sus hijos y protegerlos de mayores desastres. Y aun así, las cosas podrían haber resultado si…
— ¡Johanna! Papá dice que no hay más tiempo. Dice que termines lo que estás haciendo y vayas allá —gritó Jefri, asomando la cabeza por la escotilla.
—¡Vale!
De todos modos, Johanna no debía estar ahí abajo. Nada podía hacer para ayudar a sus amigos Tami y Giske y Magda… ¡cuidaos mucho! Subió flotando y casi chocó con Jefri, que venía en dirección contraria. Él le cogió la mano y se pegó a ella mientras ascendían hacia la escotilla. En los dos últimos días no había llorado, pero había perdido la independencia de que alardeaba el año anterior. Ahora tenía los ojos desorbitados.
—Bajaremos cerca del Polo Norte, junto a todas esas islas y el hielo.
En la cabina, sus padres se estaban abrochando los cinturones. El comerciante Arne Olsndot la miró y sonrió.
—Hola, pequeña. Siéntate. Estaremos en tierra en menos de una hora.
Johanna sonrió, casi contagiándose de su entusiasmo. A pesar de lo atestado que estaba todo y de los olores de veinte días de confinamiento, papá lucía tan gallardo como un aventurero de película. La luz de las pantallas titilaba sobre los costurones de su traje presurizado. Acababa de llegar de afuera.
Jefri entró en la cabina arrastrando a Johanna. Se acomodó en la malla, entre su hermana y su madre. Sjana Olsndot le revisó los cinturones.
—Esto será interesante, Jefri. Aprenderás algo.
