—Sí, todo sobre el hielo. —Jefri cogía la mano de su madre.

Su madre sonrió.

—Hoy no. Me refiero al aterrizaje. Esto no será como un agrávido o un equipo balístico.

El agrávido estaba apagado. Papá acababa de desconectar la cápsula de carga del resto del transporte. La nave entera no podía aterrizar con una sola tobera.

Papá manipuló la maraña de controles que había sintonizado a su dataset. Sus cuerpos se asentaron en la malla. La cápsula de carga crujió y el soporte de las criocajas gruñó y protestó. Algo rechinó y chirrió al «caer» a lo largo de la cápsula. Johanna calculó que se desplazaban a una gravedad.

Jefri miró la pantalla, miró a su madre.

—¿Cómo es entonces? —preguntó con curiosidad, aunque con voz temblorosa. Johanna casi sonrió: Jefri sabía que deseaban distraerle y estaba dispuesto a seguir el juego.

—Será un descenso con cohetes encendidos casi continuamente. ¿Ves la ventana del medio? Esa cámara está enfocada hacia abajo. Puedes ver que perdemos aceleración.

En efecto, podían verlo. Johanna calculó que estaban a unos doscientos kilómetros de altura. Arne Olsndot usaba el cohete que había soldado a la popa de la cápsula de carga para anular la velocidad orbital. No había otra opción. Habían abandonado el transporte con su agrávido y su ultraimpulso. Les había llevado un buen trecho, pero sus controles automáticos estaban fallando. A cientos de kilómetros de distancia, les seguía obtusamente en su órbita.

Sólo les quedaba la cápsula de carga. Sin alas, sin agrávidos, sin aeroescudos, la cápsula era una caja de cien toneladas que dependía de una sola tobera.

Mamá no le describía estos detalles a Jefri, aunque sin embargo le decía la verdad y de algún modo logró que Jefri olvidara el peligro. Sjana Olsndot había sido una arqueóloga popular en el reino de Straumli, antes de mudarse a Laboratorio Alto.



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