Entonces Jefri había botado ruidosamente, anunciando su llegada, y sus padres se habían callado. Johanna no tuvo valor para preguntarles. En Laboratorio Alto había visto cosas extrañas, e incluso cosas escalofriantes hacia el final. Ni siquiera la gente era igual. Pasaron unos minutos. Ahora estaban en plena atmósfera. El torrente de aire hizo zumbar la cápsula… ¿o era una turbulencia de la tobera? Pero el descenso era bastante estable y Jefri empezaba a ponerse inquieto. El fulgor que aureolaba la tobera tapaba gran parte del paisaje, pero el resto estaba más nítido que cuando se hallaban en órbita. Johanna se preguntó si alguien habría aterrizado en un mundo nuevo con menos reconocimiento previo que ellos. No tenían cámaras telescópicas ni sondas.

Físicamente, el planeta se aproximaba al ideal humano. Una increíble buena suerte después de tantas desgracias.

Era el paraíso comparado con las áridas rocas que habían visto al entrar en el sistema.

Por otra parte, había vida inteligente. Desde la órbita se veían carreteras y ciudades. Pero no había vestigios de una civilización técnica; no había rastros de aeronaves, ni radio, ni fuentes de energía intensa.

Descendían en un poco poblado rincón del continente. Con suerte nadie vería su aterrizaje entre los verdes valles y los picos blancos y negros, y Arne Olsndot podría pilotar la nave sin temor a causar daños, salvo en árboles y hierba.

Las islas costeras pasaron ante la cámara lateral. Jefri gritó y señaló algo. Ya no estaba, pero Johanna también lo había visto: un polígono irregular de muros y sombras en una de las islas. Le recordó los castillos de la Era de las Princesas, en Nyjora.



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