
Ahora veía árboles cuyas sombras se alargaban bajo la oblicua luz del sol. El rugido de la tobera era atronador, estaban en plena atmósfera y no se alejaban del ruido.
—¡…Las cosas se complican! —gritó papá—. ¡Y no hay programas para enderezarlas! ¿Hacia dónde, amor?
Mamá miró una y otra ventana. Por lo que Johanna sabía, no podían mover las cámaras sin activar otras.
—Esa colina, sobre la línea boscosa, pero… creí ver una manada de animales huyendo del estruendo… hacia el oeste.
—¡Sí! —gritó Jefri—. ¡Lobos! —Johanna sólo había visto un pantallazo de manchas en movimiento.
Ahora estaban en plena desaceleración, a mil metros de las colinas. El ruido era doloroso, incesante, y ya era imposible hablar. Sobrevolaron lentamente el paisaje, en parte para examinarlo, en parte para alejarse del penacho de aire recalentado que subía hacia ellos.
La tierra era más bien ondulante, no muy escabrosa, y la «hierba» parecía musgo. Pero Arne Olsndot vacilaba. La tobera principal estaba diseñada para equilibrar la velocidad después de un salto interestelar; podían revolotear así un buen rato. Pero cuando descendieran, más valía dar con el sitio apropiado. Había oído a sus padres hablando de ello cuando Jefri trabajaba con las cajas y no podía oírles. Si había demasiada agua en el suelo, el borbotón perforaría la cápsula como un cañón de vapor. Aterrizar sobre los árboles tendría dudosas ventajas al amortiguar la caída y protegerlos de la salpicadura. Pero ahora habían optado por un contacto directo. Al menos veían dónde aterrizarían.
Trescientos metros. Papá arrastró la punta de la llamarada por el suelo. El blanco paisaje estalló. Un segundo después la nave se mecía en una columna de vapor. La cámara inferior se apagó. Continuaron el descenso y pronto cesaron los temblores: la llamarada había atravesado la capa de agua o hielo que había debajo. El aire de la cabina se recalentó.
