
Wickwrackrum salió del bosque, manteniéndose en el linde y haciendo el menor ruido posible. Trepó cuidadosamente por las piedras, deslizándose de una loma a la otra, hasta llegar a la cresta del valle, a unos cincuenta metros de Jaqueramaphan. Oyó que el otro pensaba para sí mismo. Si se acercaba más, Gramil le oiría, a pesar de su sigilo.
—¡Sst! —dijo Wickwrackrum.
El zumbido y los murmullos cesaron en un instante de alarmada sorpresa. Jaqueramaphan guardó la misteriosa herramienta óptica en una mochila y recobró la compostura, pensando en silencio. Se miraron un instante y Gramil se señaló los tímpanos del hombro. Escucha.
—¿Puedes hablar así? —preguntó con voz muy aguda, a una intensidad en la que algunas personas no pueden entablar una conversación voluntaria, en la que los oídos para sonidos graves son sordos —La altohabla podía ser confusa, pero era muy direccional y se Perdía a poca distancia. Nadie más le oiría. Errabundo asintió.
—La altohabla no es problema.
El truco era usar tonos puros que resultaran claros.
—Echa una ojeada sobre la cresta de la colina, amigo peregrino. Hay algo nuevo bajo el sol.
Errabundo avanzó treinta metros, mirando en derredor. Ahora veía el estrecho, un destello plateado bajo el sol de la tarde. Detrás de él, el lado norte del valle se perdía en las sombras. Adelantó un miembro, deslizándolo entre las lomas para mirar la planicie donde había caído la estrella.
«Coro de Dios», pensó en silencio. Hizo subir otro miembro para obtener una visión de paralaje. La cosa parecía una gran choza de adobe montada sobre estacas. Pero era la estrella fugaz, debajo el suelo estaba rojo y brillante. Telones de niebla se elevaban desde el brezo húmedo. La tierra estaba desgarrada en grietas concéntricas.
