Después los fantasmas regresaron y echaron un vistazo al patio de la escuela subterránea. Los humanos, tan confiados, habían construido una pequeña aldea.

—Aun así —dijo el esperanzado, el que siempre buscaba las salidas más descabelladas—, no deberíamos. El mal tendría que habernos encontrado tiempo atrás.

—El mal es joven. Apenas tiene tres días.

—Aun así. Existimos. Eso demuestra algo. Los humanos hallaron algo más que un gran mal en este archivo.

—Tal vez hallaron dos.

—O un antídoto. —Era indudable que la estructura pasaba por alto algunas cosas e interpretaba mal otras.

—Mientras dure nuestra existencia debemos hacer todo lo posible. —El fantasma se extendió por varias estaciones de trabajo y mostró a su compañero un viejo túnel, lejos de los artefactos humanos. Durante cinco mil millones de años había estado abandonado, sin aire y sin luz. Había dos humanos en la oscuridad tocándose los cascos.

—¿Ves?, Sjana y Arne conspiran. También nosotros podemos hacerlo.

El otro no respondió con palabras. Abatimiento. Es decir, los humanos conspiraban, ocultándose en la oscuridad, creyendo que nadie les observaba. Pero la estructura captaba todos sus cuchicheos, pues incluso el polvo transmitía las vibraciones…

—Lo sé, lo sé. Sin embargo tú y yo existimos, y eso debería ser imposible también. Tal vez todos juntos podamos lograr que una imposibilidad aún mayor cobre existencia. Tal vez podamos lastimar el mal que acaba de nacer aquí.


Un deseo y una decisión. Ambos desperdigaron su consciencia en la red local, se mimetizaron con la consciencia local. Y al fin hubo un plan, una estratagema, pero sólo serviría si podían comunicarse con el exterior. ¿Quedaba tiempo?



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